Monday 18 may 2009
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Me olvidé. De todo, me olvidé. Habrá que ir recordando,
pensé. Pero costaba bastante, sobretodo llevar el hilo. ¿Qué era primero? ¿Qué venía después?
Con el correr del tiempo me fui acordando de algunas cosas. Me acordé de lo que era acostumbrarse. Y me acostumbré a no
acordarme.
Otras de las cosas que recordé, o eso creía, era mi gusto por las novelas. Las novelas televisivas. Sin saberlo caminaba por la calle
y como llevada por un imán, me paraba frente a cualquier vidriera que expusiera televisores y me quedaba mirando. Si es que daban una novela, sino seguía.
Estaba furiosa por la oleada de telenovelas extranjeras. Novelas brasileras, novelas mexicanas… esas no me gustaban. Yo quería ver a
Romano. ¡Cómo me calentaba! Me sentía entre sus brazos a cada beso de que daba y denigrada a cada insulto suyo.
Cecilia Marezca también era de mis favoritas y extrañaba mucho a Olga Zubarri. Eso sí, la recordaba con todo y en colores haciendo con
Bebán “El precio del poder”. Aldo Barbero, los malos. Los buenos. Los malos que se volvían buenos. Lo mismo al revés, me daba rabia, como que no lo entendía. ¿A quién se le ocurre que la
Colmenares puede ser mala? A nadie.
Quería enamorarme… Mi vida casi que no existía. De ser así, ¿por qué no podía yo ser como Beba Vidal en “Rolando Rivas taxista”? Rubia
y desfachatada. ¿Por qué mi destino no podía escribirlo Migré?
Empecé por un cachetazo a un quiosquero y me engolosiné. Luisa Kuliok era mi heroína. Esa mano como un látigo aventado contra el
primer canalla. La misma palabra “canalla” como que me excitaba al paladearla. Así fue que perdí el horizonte: el médico que me pedía una placa, plaf, cachetazo. El colectivero no me saludaba,
plaf, otro cachetazo.
Fue cayendo a mi mano ardiente cuanta persona me hablaba. Llegué a pegarle a una señora en la cola del banco. ¿Por qué? Me pregunto.
Por canalla, le contesté.
No podía controlarlo. Tenía fervorosos deseos de golpear, de abofetear. Por un lado me daba cuenta que estaba mal y por otro me sentía
completamente impune. Pensé que era por el accidente. Pero la medicina no avalaba mi hipótesis… era más bien como un trastorno. Sin la medicina de mi lado, yo lo viví como la satisfacción misma
de un deseo.
Había caras que me gustaban más, gente más parecida a Arnaldo André que otra, como era lógico. Ojo, no era que yo distorsionara. Había
un señor en el barrio, viejo ya, que paseaba todas las mañanas con un perro espantoso. Ese era igualito a Arnaldo y padecía su apariencia. Cada vez que lo cruzaba lo servía de lo lindo. Un día
intentó levantarme la mano y de la furia que me dio le di con el puño cerrado. Eso era más de Montanari que de Kuliok. Calculo que el pobre hombre tenía que elegir entre que su perro feo le
pillara adentro o que yo le rompiera la cara cada día. Y, claro está, optaba por el tortazo.
Ya era para mí una rutina. Lo esperaba en desavillé todos los días a las siete. Y la cita era segura. El doblaba la esquina antecedido
por el animal, se armaba de coraje y me enfrentaba, como al destino. Su estoicismo me enamoró. Pero no podía parar de pegarle.
Con el correr de los días comenzamos a hablar. Una vez después de un sopapo me preguntó como me llamaba. Luisa, le inventé. Y se lo
creyó. Al otro día yo le pregunté su nombre y para mi asombro, Arnaldo, me contestó. Creí desvanecer. Un extraño sopor me invadió el sentido. Creo que me desmayé. Cuando me desperté estaba en mi
cama. En mi cama de antes y Arnaldo André me traía un té. Parecía un sueño. Pero aquel hombre al cual yo sólo le encontraba un extraño parecido, además de ser el galán, era mi marido. De ahí su
estoicismo. De ahí su espíritu kamikaze.
Recordé todo de golpe, mi vida, la suya, la nuestra juntos. Y entendí claramente que ninguna mujer que se casé con Arnaldo André,
puede dejar de sentir ese cosquilleo en la palma de la mano en ningún momento de su vida. Y me quedé más tranquila.
Encarnada Pasión.